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Un mes en el Transiberiano: el viaje en tren más fascinante del mundo

Este verano tuve la oportunidad de hacer la ruta completa del Trans Sibirskaya Zheleznodorozhny Magistral, más conocido como Ferrocarril Transiberiano, más de 9.000 kilómetros por el interior de la Federación Rusa, de Moscú a Vladivostok. Como mi intención era vivir la experiencia completa, en las mismas condiciones en que lo hacen los habituales de esta fascinante pero un tanto inhóspita línea ferroviaria, me saqué un billete en el platscart, el vagón de tercera clase, y en él tuve la oportunidad de charlar con soldados de permiso, familias modestas que volvían a casa tras unos días de vacaciones en la capital o estudiantes que iban a casa para pasar allí el verano.

Por supuesto, hice fotos tanto de la ruta en sí como de la gente que me encontré en mi camino.

Una mujer joven que recorre los casi 2.000 kilómetros que separan Chita de Birobidzhan. En verano, es frecuente que chicos y chicas de entre 18 y 22 años, en su mayoría estudiantes universitarios, vuelvan a casa a pasar el periodo estival. También es habitual encontrarse a niños y niñas que viajan con sus familias. En general, el pasaje de esta línea de ferrocarril clásica y vetusta, utilizada sobre todo en sus orígenes por funcionarios del inmenso Imperio Ruso que se gestó en los últimos años de la era zarista, se ha rejuvenecido en los últimos años.

La enorme distancia que separa Moscú de Vladivostok puede recorrerse en solo seis días si uno opta por hacer todo el viaje sin bajarse del tren. La velocidad media ronda los 90 kilómetros por hora, el equivalente a la de un tren regional de la Europa comunitaria. Hace múltiples paradas, algunas de ellas bastante largas. El convoy suele ser recibido en la mayoría de las estaciones por vendedores ambulantes, por lo general mujeres que venden piezas de ropa sencilla, como bufandas, y comida rápida, de gofres rellenos de leche condensada a arándanos y otras frutas silvestres. Algunas llevan piezas de pescado ahumado que cuelgan de una percha de metal.

Una figura clave durante todo el trayecto suele ser la provodnitsa, es decir, la mujer encargada de mantener el orden, revisar billetes y pasaportes y velar por que todo el mundo respete unas normas básicas de convivencia. También suelen encargarse de repetir las sábanas y despertar una media hora de su llegada a destino a los que deban bajarse en la próxima estación.

Una joven provodnitsa con su uniforme especial de estudiante. Durante el verano, los estudiantes que quieran dedicarse al sector del turismo y la hostelería pueden hacer sus prácticas (remuneradas o no) en el sistema de ferrocarriles públicos. Ejercer de provodnitsa es todo un honor y una gran responsabilidad.

Este es el aspecto de un vagón de tercera clase. Inmediatamente después de verificar los pasaportes y los boletos, la provodnitsa proporciona a cada pasajero una bolsa con sábanas y una toalla pequeña. Treinta minutos antes de bajar del tren, se solicita a cada pasajero que recoja su colchón y le devuelva las sábanas usadas a la supervisora.

Un grupo de hombres rusos que va camino de su lugar de vacaciones. Tienen intención de acampar al aire libre, pescar y cocinar pelmeni, una especie de empanadillas rusas de elaboración artesanal. Yo opté por bajarme del tren varias veces para conocer de cerca la vida cotidiana en l Rusia profunda, por lo que mi viaje duró alrededor de un mes. Mi primera parada fue Ekaterinburgo, una ciudad a escasos kilómetros de los Urales, la cordillera que separa la Rusia occidental de la Oriental. Aquí comienza Siberia, una inmensa región que se extiende hasta el Océano Pacífico. Tras mi estancia en Ekaterinburgo, volví al tren y no volví a abandonarlo hasta llegar a Krasnoyarsk. Luego permanecí durante cinco días en la isla de Olkhon, en el lago Baikal, el más grande del mundo.

Durante una parada improvisada en plena taiga, la gente se baja del tren para dar un corto paseo y tomar el aire. Una anciana recoge flores y hierbas mientras sus nietas juegan en las pistas. Tras mis bucólicos días en la ribera del Baikal, volví a Irkutsk, donde cogí un tren en dirección a Ulan Ude. Irkutsk marca el límite oriental de la Rusia cultural y étnicamente europea. A partir de ahí, tanto el paisaje como la gente son muy similares a los de la cercana Mongolia. Casi lo único que que te recuerda que sigues en Rusia es el idioma. En las cercanías de Ulan Ude se pueden encontrar templos budistas y grupos semi-nómadas que practican el chamanismo.

Un pueblo en la región de Ivolginsky, en la República de Buriatia (una de las repúblicas federales de Rusia), a 23 kilómetros de Ulan Ude, su capital. Esta región es famosa por sus templos budistas (datsan), los únicos en que se siguió practicando abiertamente esta religión en la Unión Soviética de después de la Segunda Guerra Mundial. En el datsanse llevan a cabo a diario actividades espirituales, desde prácticas de meditación y plegaria colectivas a introducción budista para niños pequeños y medicina tradicional.

Después de Ulan Ude fui a Chita, Birobidzhan, la capital de la región autónoma judía, Khabarovsk. Finalmente, al amanecer, llegué al Lejano Oriente, en Vladivostok. Tras la estación se abre la espléndida bahía del Cuerno de Oro, así llamada por su similitud con el célebre esturión del estrecho del Bósforo, en Estambul. La bahía protegida de Vladivostok es el extremo oriental de la Federación Rusa, justo en el lugar en que la inmensa Siberia alcanza las orillas del mar de Japón.

Fuente: elperiodico.com Texto y fotos de Giulia Mangione.

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